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Mundo

Una batalla de dos décadas de antigüedad sobre quién tiene el derecho de usar la marca Havana Club en Estados Unidos terminó tranquilamente esta semana en la Oficina de Patentes y Marcas con la decisión de que el legítimo propietario es una empresa del gobierno cubano.

La lucha enfrentó a Bacardí contra Cubaexport —socio cubano del fabricante francés de licores, Pernod Ricard— por la distribución mundial del ron más emblemático de Cuba, el Havana Club.

Debido al bloqueo, el ron hecho en Cuba ni siquiera puede ser vendido en Estados Unidos. Pero a partir del proceso por la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, se acerca el día en que el ron de Cuba no sólo llegue en las maletas de los visitantes a la isla, sino que se venda libremente en el mercado estadounidense.

El miércoles, la oficina de marcas informó a David Bernstein, abogado de Nueva York que representa Cubaexport, que el registro en los Estados Unidos de la marca de la compañía cubana Havana Club había sido renovado, pero sólo hasta el 27 de enero. Esto se debe a que el período de diez años data de 2006, cuando fue rechazado el intento de Cubaexport por volver a registrar la marca.

Olivier Cavil, portavoz de Pernod Ricard, dijo que ya ha sido presentada una petición para renovar la marca por otro período de 10 años.

Bacardi también trató de reforzar su caso mediante la venta de su propio Havana Club —hecho en Puerto Rico a partir de la receta de la familia Arechabala, en la Florida— para establecer sus derechos de propiedad a través del uso de la marca.

Después de que el Tribunal Supremo se negara a revisar el caso en mayo de 2012, Bacardi esperó a que la Oficina de Patentes y Marcas cancelara el derecho de Cubaexport a utilizar el nombre en los Estados Unidos.

Pero Cubaexport presentó una petición ante la oficina de marcas, diciendo que el registro no podría ser revocado y que permanecería congelado mientras se mantuviera el bloqueo a Cuba.

A pesar de que los Estados Unidos y Cuba restauraron las relaciones diplomáticas el año pasado, el bloqueo prohíbe la mayoría de las transacciones financieras con la isla a menos que estén autorizadas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro, OFAC.

Cuando Cubaexport trató de obtener una licencia de la OFAC en 2006 para poder pagar 500 dólares y renovar la marca Havana Club, la OFAC se negó, diciendo que había consultado con el Departamento de Estado y la concesión de una licencia a Cubaexport “sería incompatible con la política de Estados Unidos.”

El resultado: el registro de Cubaexport fue declarado “cancelado, vencido”.

La solicitud también fue complicada por el artículo 211, que fue adjuntado a un proyecto de ley de gasto federal de 1998 y prohíbe cualquier acción de marcas o pagos en relación con un negocio o activos confiscados.

Cubaexport impugnó la decisión de la OFAC en una corte federal en Washington DC, pero perdió y también perdió en la apelación. Cuando la Corte Suprema se negó a escucharlo, el caso regresó a la oficina de marcas en el 2012.

Sin embargo, recientemente, Cubaexport aplicó de nuevo para una licencia de la OFAC para pagar sus gastos de inscripción y esta vez se le concedió, dijo el portavoz de Pernod Ricard, Olivier Cavil.

El martes, Cubaexport presentó una licencia que autoriza el pago de su cuota de presentación para la renovación del registro de 2006, “así como todas las demás transacciones necesarias renovar y mantener el registro”. Al día siguiente, el registro de la marca se renovó.

En cuanto al impacto de la decisión para el negocio, Cavil dijo: “No es demasiado significativa. No hay impacto en el negocio en lo absoluto, porque el embargo sigue vigente”.

Pernod Ricard, que también ha sobrevivido a los desafíos de Bacardi sobre el uso internacional de la marca Havana Club, sigue distribuyendo la marca en más de 100 países y vende alrededor de 4 millones de cajas al año.

(Publicado por Mimi Whitefield en Miami Herald/ Traducido por )

Todo lo que en México sabemos sobre el Chapo Guzmán proviene de la televisión o de leyendas urbanas. Son pocas las personas, comparadas con el resto del país, que podrían tener una experiencia cercana al famoso narcotraficante.
 
 
Algunas de esas personas son periodistas especializados, militares, funcionarios del Gobierno, o habitantes del Estado de Sinaloa donde tiene su base el poderoso Cártel que lidera Joaquín Guzmán Loera. Algunas amistades del norte del país alguna vez me han contado historias sobre como conocieron a alguien o estuvieron en algún lugar relacionado con él o su gente.
 
Pero estas anécdotas de alguna forma son comunes en todo México. En cada bar del país alguien puede contarte una narco-historia, no necesariamente relacionada al Chapo, pues hay más de cinco o seis carteles de la droga en esta nación alrededor de las cuales giran este tipo de experiencias. Por eso es que hay tantos autores sobre narcotráfico en México. Los cuentos están ahí, simplemente.
 
Por eso es que, la re-recaptura del Chapo Guzmán es algo que solo queda en la anécdota. En general, no tiene nada qué ver con la realidad constante de la mayoría de quienes vivimos en México. Por supuesto, estamos por escuchar nuevos corridos, saldrán otros libros, y nos regodearemos apostando si se escapara de nuevo o no, o con los chismes derivados de asuntos como la sorpresiva (y debo decir, genial) entrevista que realizaron al capo el actor estadounidense Sean Penn y la actriz mexicana Kate del Castillo para la revista Rolling Stone.
 
Un trabajo hecho dos meses antes de la actual aprehensión y cuando el gobierno mexicano aún perseguía al jefe del cartel de Sinaloa. Dicho sea de paso decir: ¿Cuanto ridículo mundial es suficiente para el presidente Peña Nieto?
 
A reserva de conocer una encuesta rigurosa donde se mida el impacto que ha tenido esta recaptura en la imagen pública del presidente mexicano (tenida en apenas un 20% de aceptación), mi experiencia saldada de conversaciones con colegas y otras personas me permite decir que a la gente le importa un bledo que hayan reaprehendido al Chapo Guzmán. Cualquiera podría verlo en twitter. Hay más preocupación por la creciente devaluación del peso frente al dólar que por el caso del narcotraficante. Y no es para menos.
 
La crisis económica en México supera el 21%; el petróleo se ha caído un 14% y de a poco se experimenta el drama del desmantelamiento de los servicios públicos de salud y educación. Además, muchas personas siguen cuestionándose ¿Y donde están los 43 de Ayotzinapa?
 
En términos concretos, la figura del Chapo no nos dice nada para quienes andamos a pie. Su negocio está arriba, entre los círculos de poder político y económico. Tiene qué ver con la red que soporta directa e indirectamente la estructura del cartel de Sinaloa. Las drogas que produce y que no van para Estados Unidos, se venden en las fiestas exclusivas; en escuelas privadas, oficinas y despachos de segundo y primer nivel; en bares y tables dance. Círculos de alto consumo donde se pagan cientos de pesos por una piedra de crack. Donde además hay apuestas ilegales , trata sexual y se pactan los tratos de lavado de dinero y otros negocios ilegales. Asuntos que por razones pocas veces documentadas pasan de largo ante el ojo de las autoridades.
 
Se trata de un entramado de corrupción de gran nivel que hace posible la existencia de carteles de narcotráfico, según ha señalado el ex asesor de la ONU e investigador de la Universidad de Columbia, Edgardo Buscaglia. Una telaraña tan bien tejida y con tantos intereses que luce indestructible. Que tan fuerte es que aunque ya van tres veces que capturan al lider del Cártel de Sinaloa, su poder no merma. Se prevé que ésta vez ocurra lo mismo; es decir, nada.
 
Esa es la razón fundamental por la cual la recaptura del Chapo se queda ahi, en los titulares de noticias. El Cártel de Sinaloa continuará porque hay otros tantos jefes que manejan el negocio. El narcotráfico en México seguirá porque extiende sus redes a círculos de alto poder que no son investigados. La violencia no disminuirá (efecto que sí nos atañe), porque sus ejecutores no necesariamente son grupos ilegales. De modo que el golpe sólo interesa a unos cuantos involucrados.
 
A Peña Nieto para intentar lavar su imagen ante Estados Unidos y a una plutocracia que se aferra al Estado en tiempos electorales por venir. Medios y Gobierno han convertido esto en un circo de hipócritas. Aquí la vida sigue siendo la misma y cada vez peor.
 

 Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR

Radio Nizkor, 07ene16 / Un grupo de 18 militares, entre ellos Manuel Benedicto Lucas García, exjefe del Estado Mayor General del Ejército durante el conflicto armado interno, fueron detenidos al estar involucrados en dos investigaciones del Ministerio Público por desapariciones forzadas y crímenes contra la humanidad.

El 6 de enero de 2016, un despliegue de la fuerza pública, coordinado por la Fiscalía de Sección de Derechos Humanos, permitió la captura de los veteranos militares: un grupo de 14, involucrado en desapariciones forzadas entre 1981 y 1986; y otro grupo relacionado con la desaparición de Marco Antonio Molina Theissen, en septiembre de 1981.

La primera investigación, por la que el Juzgado de Mayor Riesgo A autorizó los allanamientos y capturas, se remonta a la ejecución del Plan de Sánchez, en Rabinal, Baja Verapaz, el 18 de julio de 1982, en donde tropas del ejército y expatrulleros de autodefensa civil irrumpieron en la comunidad, torturando y asesinando a la población civil.

Según la fiscalía, Benedicto Lucas García, en cuanto jefe del Estado Mayor del Ejército tenía autoridad de mando sobre el comandante de la referida base, donde recientemente se localizaron más de 500 osamentas.

La investigación señala que los detenidos habrían tenido responsabilidad en al menos 88 eventos relacionados con masacres entre 1981 y 1986, en el contexto del conflicto armado interno. La Fiscal General Thelma Aldana, manifestó que "Los casos que hemos documentado son contra población civil, no combatiente, entre ellos niños", es una "de las mayores desapariciones forzadas en América Latina".

Los militares detenidos y enviados a prisión provisional en la cárcel de la Brigada Mariscal Zavalason, son: Manuel Benedicto Lucas García; Byron Humberto Barrientos Díaz; Gustavo Alonso Rosales García; José Antonio Vásquez García; Carlos Humberto Rodríguez López; Ismael Segura Abularach; Pablo Roberto Saucedo Mérida; César Augusto Ruiz Morales; Juan Ovalle Salazar; Édgar Rolando Hernández Méndez; Carlos Augusto Garavito Morán; Luis Alberto Paredes Nájera; César Augusto Cabrera Mejía y Raúl Dehesa Oliva.

A las detenciones anteriores hay que añadir la aprehensión, el mismo día, de cuatro oficiales del Ejército a cargo de la Zona Militar "GMLB" de Quetzaltenango, sospechosos de participar en la desaparición forcada del menor Marco Antonio Molina Theissen, acaecida el 6 de octubre de 1981. Se trata de Francisco Luis Gordillo Martínez, comandante de la zona militar; Edilberto Letona Linares, segundo comandante; el oficial S-2 del Estado Mayor Hugo Ramiro Zaldaña Rojas y el general de división Manuel Antonio Callejas Callejas...

El ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López instó a los venezolanos a defender la memoria histórica del país ante quienes quieran irrespetarla y leyó un comunicado de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) que rechaza la “indignante orden dictada por el presidente del Parlamento”. “¡La historia de Bolívar es la historia de Venezuela, y la historia de Venezuela es la historia de América!”, de igual forma sostuvo que esta acción demuestra que quieren atropellar la memoria histórica y “lo que tiene el pueblo venezolano en su gentilicio es precisamente su historia”. teleSUR

Bogotá, 1 ene (RHC) La revista digital Report Colombia Al Día destacó el crecimiento registrado en 2015 por el turismo cubano, que ascendió hasta noviembre pasado en 17,6 por ciento.

En su número más reciente, la publicación especializada subraya que en esos once meses arribaron a nuestro país más de tres millones cien mil visitantes foráneos, con Canadá como el principal país emisor.

Añade la publicación colombiana que después de los turistas canadienses, los visitantes más asiduos a la nación caribeña provienen de Europa, fundamentalmente de Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia.

Argumenta Report Colombia Al Día que el actual auge turístico de Cuba coincide con el nuevo escenario tras el inicio del proceso para la normalización de las relaciones diplomáticas con y Estados Unidos, desde donde han llegado desde el primero de enero de 2000 hasta mediados de diciembre, más de 147 mil viajeros.

Recuerda la revista colombiana que Cuba traspasó la barrera de los tres millones de turistas extranjeros en 2014, año en el que el sector aportó a las finanzas del país unos 2 700 millones de dólares.

Editado por Nuria Barbosa León

El forastero.

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Cuento

Por Nelson Lombana Silva

Era la primera vez que visitaba la población. Todo a su alrededor le era novedoso. Las calles húmedas y taciturnas parecían laberintos oscuros, inhumanos y salvajes de donde brotaban transeúntes sonámbulos, ensimismados y melancólicos. No parecían tener un horizonte, parecían autómatas que se movían por simple inercia. Se hizo a la idea de que Fusa era una ciudad triste, melancólica y desértica. Tenía para entonces 23 años, hoy tiene 54 primaveras y sigue pensando lo mismo. Según él, no estaba equivocado a pesar de los edificios vistosos, las avenidas adornadas de palmeras verdosas color esmeralda y las piscinas con calefacción. "Lo que es, es", suele decir al recordar esa primera visita.

Caminó despacio de la agencia a la tienda de la cita y acomodando el pequeño equipaje sobre una silla plástica, se animó a pedir café con leche y buñuelo. La tendera, una mujer alta, desgreñada, de mirada montaraz, sirvió el pedido y mientas comentaba con la vecina de la mesa vecina, lo dejó sobre la mesita plástica de color blanco que Juan había seleccionado. Hacía frío. La llovizna pertinaz no hacía pausa. Mientras saboreaba el pedido, Juan dirigía  la mirada en todas direcciones, escrutando el entorno con su mirada triste. Sintió melancolía, algunos dirían mamitis. Era la primera vez que salía de la casa por riesgo propio. Aquello le parecía una aventura singular. Hurgó en el maletín y sacó de allí el libro de poemas de Pablo Neruda: Una colección de su mejor poesía.

Pasó inadvertido hasta tanto comenzó a leer en voz baja los poemas del poeta chileno. Poco a poco comenzó a sentir el peso de las miradas de las otras mesas. A intervalos levantaba la mirada y se encontraba con la de algún vecino o vecina. Al comienzo le restó importancia, después cierto orgullo y finalmente, angustia, pánico. La tendera fue directa y cruda: "Eres forastero, ¿Verdad?" Juan la miró estupefacto, sintió un corrientazo por el espinazo. Sin embargo, intentó conservar la tranquilidad y abriendo la boca con dificultad contestó por entre los dientes: "No soy de Fusa", dijo. Se reacomodó y siguió leyendo sin dar más explicaciones, al parecer la tendera quedó satisfecha con la respuesta. Creo que eran las tres de la tarde, cuando apareció la persona que esperaba. No se bajó del  automóvil Chevrolet color rojo. Era grueso, trigueño y bien hablado. "¿Tú eres el amigo de mi tío Ricardo?". "Sí señor", dijo Juan poniéndose en pie con dificultad. El visitante lo miró fríamente de arriba abajo y de abajo a arriba. Creo que se desmoralizó de un solo golpe. Juan – por su parte – no podía ocultar la ansiedad. Nervioso e inseguro avanzó hasta él estirándole la mano, pero el automovilista no le correspondió fingiendo tener con firmeza la cabrilla del automóvil. Tenía anteojos transparentes con montura de carey y vestía deportivamente. Una sudadera roja con vivos blancos y una camiseta del mismo color. Juan no sabía cómo mantener una comunicación fluía, mucho menos cómo convencer, desde un principio se sintió derrotado. Sabía de antemano la respuesta. Sin embargo, trató de justificar su presencia diciendo que quería estudiar en esta población gracias a la generosidad de Ricardo. "Ricardo es mi tío y lo quiero mucho", dijo. "¿Qué sabes hacer?", interrogó bajándole un poco el sonido a su estridente equipo portátil que tenía el automóvil. Juan se estremeció. No sabía qué contestar. Titubeó de principio a fin. Su respuesta fue incoherente, evasiva y superflua. No obstante, no paraba de hablar. "No sabe hacer nada", concluyó el automovilista que no tuvo la decencia de presentarse. "Yo necesito una familia para que me administre la finca, pero usted no es el pollo, porque eres joven, no tiene mujer y no sabe nada", lo dijo sin rodeos como regañando a Juan. Los ojos de Juan se nublaron, se sintió impotente y disminuido. "Ante todo – contestó – soy campesino". "Eso no es suficiente, hoy se impone la tecnología y tú no tienes ni idea de eso. Dile a mi tío Ricardo que será en otro día y en otra forma que le pueda ayudar". Aceleró el carro y se perdió en la distancia. Se fue tan rápido como había llegado.

Apesadumbrado, Juan, apretó los labios y mirando la distancia volvió a sentarse. El castillo caía estrepitosamente, la realidad era más cruda que la imaginación. Había concebido la idea de estudiar en esa universidad y trabajar en la casaquinta. Tenía una idea vaga de las dificultades para estudiar el pueblo, pero jamás imaginó que era tan dura y humillante la realidad del sistema económico que él alimentaba con su voto sin tomar conciencia de clase. El cielo plomizo seguía hilvanando lluvia menuda y monótona. Acariciando su barbilla dispersa repensó su situación sin hallarle una salida coherente. Lo único que se le ocurrió fue volver a leer poesía nerudiana, como intentando encontrar en estas páginas trilladas y amarillentas la solución  a su problema. Así permaneció hasta que el subconsciente le preguntó: ¿Y en dónde vas a pasar la noche? Bostezó, cerró el libro de pasta azul y mirando sin ver a la tendera preguntó por la cuenta. Una vez pagó volvió a sentarse. No sabía para dónde coger.

A pesar de la llovizna la gente iba de un lado para otro caminando despacio. Las mujeres empuñaban los paraguas negros, escondiendo sus cuerpos con sus trajes oscuros. La tarde era inexorable. Volvió a leer poesía justo en el momento en que un desconocido se sentó en su misma mesa por cuanto todas las demás estaban ocupadas. "Con permiso", dijo. Era un hombre de baja estatura, grueso y de manos encalladas. Pidió también un café con leche y un pan leche. Juan levantó la mirada y lo saludó. Luego, siguió leyendo. El forastero tenía pinta de campesino. Todo lo delataba. Llevaba consigo un bolso de cuero negro. Juan, interrumpió la lectura y acomodándose mejor, le preguntó: "¿Usted sabe quién da trabajo por acá?" El forastero lo miró asombrado: "¿Qué sabe hacer usted?" Juan se empinó un poco para contestar: "De todo lo que hay que hacer en el campo". El forastero no pudo ocultar su enfado y mirando a Juan le dijo que le dijera la verdad. "Todos merecemos respeto", dijo medio ofuscado. Juan, sonrió levemente. Lo miró sin remordimiento y calculando la respuesta, dijo: "Ante todo soy campesino y busco trabajo". El forastero lo miró de arriba abajo y de abajo arriba asumiendo ahora un simple comportamiento de intriga. Lo invitó a tomar algo. Juan pidió un café con leche y una mogolla. "Gracias", dijo una vez hizo el pedido. El forastero se presentó: "Me llamo Humberto, soy dueño de varias fincas cafeteras en Icononzo, el café se está cayendo y la máquina de pelar café sacó la maleta. Voy a Bogotá a comprar un repuesto".  Juan sonrió levemente. Humberto, agregó: "No conozco bien Bogotá". Reflexionó unos instantes para preguntar: "¿Usted conoce bien a Bogotá?". Juan ni en sueños había estado en esta ciudad. Sin embargo, dijo que sí. "Me gustaría que me acompañara – dijo – pero qué tal que usted sea un ladrón y me robe". Juan no se ofusco. Por el contrario, comprobó que aquel forastero que tenía en frente era campesino. "Solo hay una manera de cerciorarse si la persona es honesta o deshonesta", respondió Juan por entre  los dientes. "¿Cómo?", preguntó Humberto. "Demostrándolo a través de la práctica. El ladrón más grande del mundo, siempre dirá que es una persona honesta, ¿No te parece?", dijo Juan guardando el libro en el maletín. Los ojos saltones y escrutadores de Humberto se agigantaron al decir en voz baja: "¿Quién es usted?". En confianza Juan le relató resumidamente su historia. "¿Quién va a creer que usted es un jornalero? Nunca he visto un obrero leyendo", agregó intrigado Humberto. "Todo va cambiando", dijo Juan disimulando el enfado. "Si usted quiere – dijo – le doy trabajo en una de mis fincas pero en Icononzo". Juan asentó con la cabeza afirmativamente. Le tomó los datos completos y la dirección para llegar a la vereda La Fila. "Vaya y diga que va de parte mía", dijo. Juan se incorporó y tomando la maleta se encaminó a la agencia de transportes. Humberto lo siguió con su mirada incrédula hasta que desapareció en la distancia e incorporándose, canceló y siguió la marcha hacia Bogotá.

Juan cruzó la distancia y encaminándose a la taquilla compró el tiquete. "El jeep sale a las 6:45", dijo el conductor mirando extrañado al pasajero como intentando decir, tú quién eres, para dónde vas y hacer qué. Juan esperó sentado en la pequeña sala de espera. Volvió a sacar el libro y leyó varias poesías mientras llegaba y se estacionaba el jeep. Era un vehículo destartalado. Pintura deteriorada y los asientos una desgracia. Se acomodó en uno de esos asientos y volvió a abrir el libro. Uno a uno los pasajeros fueron abordando el jeep color verdoso. Iba una mujer regordeta mal hablada y entrometida, que a todos hacía conversación, sobre todo a los hombres. "¿Qué tal la novillada?", le preguntó irónico uno de los pasajeros. "Para qué le digo, si usted nunca va a echarse un polvo", contestó la mujer juntando las piernas para que una persona más pudiera abordar la nave. "¿Eso buscaba?", refunfuñó un pasajero obeso, calvo que se había sentado al lado del conductor, mirando por el espejo retrovisor. Los demás pasajeros rieron.

Con parsimonia el chofer terminó de fumar el cigarro y acomodándose frente a la cabrilla pronto puso el jeep en movimiento. La noche caía como gigantesco manto negro. El frío glaciar era intenso y la llovizna seguía incólume. Juan cerró el libro y guardándolo en el maletín se concentró en la travesía. El recorrido fue largo y escabroso, pero sin mayor novedad. La carretera era una parte pavimentada. Era retorcida y solitaria, sobre todo cuando dejó la central. Era una noche oscura, sin estrellas. Juan sentía que el corazón le latía a mil a medida que el aparato mecánico devoraba la distancia. El carro poco a poco fue quedando solo. A Icononzo, llegaron dos o tres pasajeros, entre ellos, la alegre proxeneta.

II

"¿En dónde lo dejo?, dijo el conductor mirando a Juan a través del espejo retrovisor. "En el centro, por favor", respondió. "Este es el centro", contestó el conductor rascándose la cabeza. Juan tomó la maleta y echándosela al hombro, cogió el maletín en la mano derecha descendiendo del jeep, entregándole al chofer el tiquete y dando las gracias. Había poca gente. Al subirse al andén permaneció largos segundos extasiado mirando en todas direcciones. La noche oscura y tibia se extendía a su alrededor. Sintió pánico. Miedo. Recordó la obra literaria: Perdido en el Amazonas de Germán Castro Caicedo. El personaje se movía en la soledad de la selva huyéndole a las fieras, a la ambición de los caucheros y a la presencia imperialista gringa. "Yo en cambio – pensó – me muevo en la soledad de la montaña de cemento, en la soledad que va siempre con el forastero".    

El parque inclinado permanecía solitario a pesar de ser apenas las ocho de la noche. Al otro la de la calle divisó un pequeño letrero ahumado que decía hospedaje. Suspiró y cruzando la calle solitaria entró al cuchitril totalmente ahumando y con telarañas en todas partes. La desvencijada recepción era un mesón largo, sucio. Era una casa de madera que amenazaba con caerse. Saludó. "Buenas noches", dijo. Esperó largos minutos, nadie aparecía por el estrecho y largo pasillo. Entonces volvió a saludar, esta vez con más fuerza y seguridad. "Espere, espere", dijo una voz fémina. Juan colocó la maleta sobre el mostrador y esperó pacientemente. La luz amarillenta del bombillo de cien bujías era débil. En el fondo había un cartel viejo de Cantinflas, el gran humorista mejicano y al otro lado un afiche de Julio Iglesias, el famoso cantante gallego.

La espera fue larga y tediosa. Al fin apareció la recepcionista. Era una octogenaria que se movía apoyándose en el bastón. Levantó su mirada triste que se perdía entre su piel arrugada. Su cabellera blanca la traída desordenada. Juan quedó extasiado, petrificado. "Parece la virgen que mi mamá tanto me hablaba en la infancia", pensó maravillado. Ella solía decir que la Virgen María era la madre de Jesús que fue embarazada por obra y gracia del espíritu Santo, que San José al darse cuenta se indignó y quiso abandonarla pero que en un sueño se le reveló un ángel, quien le dijo que su mujer era santa y que Dios había diseñado el plan salvífico de la humanidad contando con los buenos oficios de María. Por lo tanto, el embarazo no era nada humano, sino obra divina. Resignado San José se dispuso a responder por esa criatura que habría de llamarse Jesús, en medio de la miseria galopante.

Fue tal la pobreza que los dolores del parto le llegaron en una rústica pesebrera, asistía por asnos, vacas, toros, mulas y muchos animales más. Sobre unas pajas habilitadas como lecho nacería el redentor de la humanidad. María no tenía capacidad de decidir, era intercesora ante su hijo y por su intermedio ante Dios. Sus características fundamentales  eran su sencillez, humildad y resignación. Para toda adversidad tenía su disculpa. Por eso la humanidad creyente la invoca y a nombre de ella sufre las afujías del régimen capitalista con resignación y humildad. Decía que la frase favorita de la Virgen María era: "Dios proveerá".

Su madre le solía decir que la Virgen María aparecía en todas partes, donde menos la humanidad se podía imaginar y actuaba generalmente en cuerpo ajeno. "Todo en ella es amor, ternura, pureza y misericordia", solía decir con qué seguridad que Juan a sus diez años creía ciegamente. Anita, la mamá de Juan, no era estudiada. No pudo asistir a la escuela primero por la situación económica y segundo porque era mujer. Defendía la sumisión a capa y espada. "El marido – solía decir – es como el segundo papá, por lo tanto, hay que obedecerle y complacerlo al máximo".

La anciana se apoyó en el mostrador y mirando a Juan con qué ternura, preguntó qué quería. Juan, a pesar de su turbación se inclinó para decirle que buscaba hospedaje. La anciana sonrió y amablemente le indicó el cuarto. Mientras abría el viejo libro de registro, apareció como por encanto otra anciana. Caminaba despacio como sujetándose de las paredes. Saludó. Tenía una voz suave y apacible. "Bienvenido", dijo. Juan no salía de su asombro. "Cualquiera de las dos podría ser la Virgen María", pensó mientras estampaba la firma. En medio de ellas sintió flotar  el espíritu de su madre en un instante de fina inspiración, fue como una ráfaga de vientecillo de agosto que lo hizo levitar por algunos segundos.

Cogió la maleta y el maletín y siguiendo a una de las ancianas fue al cuarto. La cama era un camastro de mala muerte, el techo de madera ahumada al igual que las paredes de madera sin pulir. "¿En dónde puedo buscar comida?", preguntó Juan. "Tenemos solo bandeja con carne sudada y abundante riogo", dijo la anciana mirándolo suavemente a los ojos. "Perfecto", dijo Juan buscando el comedor. Era un mesón largo sin mantel. Se acomodó en taburete de madera y mientras esperaba la cena sacó el libro de Pablo Neruda y leyó algunos poemas. La anciana que trajo la bandeja no pudo ocultar su enfado. "¿Quién es usted?" Juan sonrió. "Soy trabajador del campo – dijo – voy para la finca de don Humberto". La anciana no contra preguntó. Se alejó despacio lamentándose de sus achaques de salud. "Esta artritis me quiere inmovilizar", alcanzó a escuchar Juan mientras comía con avidez. Cuando regresó con la sobremesa, Juan la interrogó: "¿Por qué el parque está tan solitario siendo escasamente las ocho de la noche? La anciana se inclinó y después de mirar en todas direcciones, dijo en voz baja: "Aquí manda la gente del monte y la orden es esa", dijo. "¿Quién es la gente del monte?", contestó asombrado Juan. "Usted es forastero, ¿Verdad?", dijo la anciana. "Sí señora", dijo Juan. "Señorita, perdón", dijo la longeva. "Disculpa" "No hay problemas". Colocó el bastón recostado en el comedor y se sentó con dificultad, apoyándose en el borde de éste. Miró con ternura filial a Juan como si fuera su propio hijo. El bochorno era intenso. Pensó cada palabra, cada frase y cada oración gramatical. "Aquí manda la guerrilla", dijo por entre los dientes postizos. Suspiró profundo e irguiéndose, agregó un tanto apesadumbrada: "Mejor dicho aquí hay de todo". Juan terminó de comer y mientras tomaba la sobremesa miró a su alrededor pensativo y nervioso. "¿Este es entonces un pueblo peligroso?", interrogó mientras se llevaba un palillo a la boca. La longeva agachó su rostro arrugado mirando el piso de madera sin brillar y después de reflexionar algunos segundos eternos, volvió a levantar su frágil mirada para contestar con miedo: "Sí, joven forastero, este pueblo es peligroso". "¿A qué viene usted realmente?", dijo la anciana con más confianza y seguridad. "A coger café", contestó Juan mirando a través del estrecho zaguán la soledad del parque oscuro. "Si es así, mucho cuidado", dijo la anciana incorporándose con dificultad y marchándose. La otra anciana cobró la cena. "¿Son gemelas?", preguntó Juan con cierta ironía. La anciana al entregar los vueltos sonrió levemente. "Todo mundo nos dice lo mismo, lo que pasa es que cuando viejo todos nos parecemos", contestó  disponiéndose a atender a otro cliente medio tomado que entró a grandes zancadas, medio turulato teniéndose de las paredes. No se fijó en Juan. Juan fue al inodoro, luego al lavamanos y una vez cepilló los dientes, se tiró sobre el camastro a soportar el bochorno metálico. Se sentía incómodo. Sentía todo el cuerpo pegajoso. Sin embargo, bocabajo leyó algunos poemas. Recordó a su madre. "Debe estar rezando el rosario", pensó mientras se acomodaba para descansar. Dio vueltas y vueltas en el camastro hasta que Morfeo lo sorprendió. Soñó cruzando el río de la Magdalena en un bote guiado por remos. Eran dos pescadores fornidos que remaban y remaban sin intercambiar palabra y sin dejarse ver el rostro. Juan intentó entablar conversación con ellos para mirarle el rostro, pero no fue posible. Intuía que eran pescadores porque cada uno cargaba sobre su espalda la red con pequeños lingotes de plomo. "Con eso se ganan la vida", pensó para sus adentros. Al llegar a la otra orilla, Juan saltó y al volver la mirada para cancelar, el bote y los remadores habían desaparecido. Juan abrió los ojos desmesuradamente y echándose a correr por la playa solitaria solo encontró interrogantes y nada de respuestas.

III

La llovizna contra el tejado lo despertó. Todavía no eran las seis de la mañana. Tenía la boca amarga. Se mantuvo inmóvil algunos minutos tomando conciencia del lugar y su entorno. Entonces suspiró triste e incorporándose se sentó en el borde del desvencijado camastro. No recordó el sueño. La lluvia era menuda pero seguía cayendo monótona. Abrió la pequeña ventanita rectangular viendo el tejado de la casa contigua. El gallo del vecindario cantaba, anunciando el advenimiento de un nuevo día lluvioso.

Fue al retrete y después al lavamanos. Nadies se movía en la posada. Entonces volvió a su aposento y después de ultimar detalles, cogió entre sus manos el libro de poesía y leyó algunos poemas, recostado apoyándose en la almohada. Pasadas las seis se incorporó y se dispuso a salir. Una de las longevas ya estaba en pie. "¿En dónde queda la panadería de don Armadio?", preguntó Juan apretando el libro entre sus manos. "A la izquierda", dijo la anciana. "Ahora vuelvo a sacar la maleta", dijo Juan encaminándose a la vetusta puerta de la posada. La anciana asintió con la cabeza, mientras miraba con dificultad el libro de registros.

Juan se paró un instante en el marco de la vetusta puerta, mirando en todas direcciones. "Este municipio es una pendiente", pensó. Giró a la izquierda y caminó despacio protegiéndose de la llovizna yendo por las paredes y escondiendo el libro entre su chaqueta raída. Cruzó la calle. Ahí estaba la panadería. Exacto en el vértice del parque. Entró y se sentó en una pequeña mesita plástica color roja. Saludó. El tendero lo miró extrañado. Sin embargo, intentó disimular. "Un tinto", dijo Juan. La panadería era larga con varios saloncitos. Al fondo varios borrachitos libaban al calor de la música mejicana. Mientras el panadero servía el tinto, Juan sacó el libro y leyó poesía. "Aquí está el tinto", dijo. Juan lo abordó de una vez. Le explicó todo detalladamente sin omitir detalle. Pero Armadio no quedó satisfecho. Eso lo percibió Juan desde un principio. Sin embargo, aparentando tranquilidad permaneció allí tomándose el tinto sorbo a sorbo y leyendo poesía nerudiana. "Sé quién es don Humberto", dijo secamente. "El jeep para la Fila sale a las ocho en punto", agregó alejándose apresurado para atender las otras mesas.

A los pocos minutos llegó con  un aguardiente grande don Armadio. Venía meloso. "Se lo mandan los señores que están al fondo", dijo. Juan se inquietó, era abstemio y más en tierra desconocida con los antecedentes recopilados hasta ahora, aquello le pareció supremamente embarazoso. ¿Rechazarlo? ¿Botarlo? ¿Devolverlo? Todo fue confusión. Sin embargo, levantó la mano para agradecer el gesto. "Aquí no hay de otra", dijo y tomando la copa se la sentó de un solo golpe. El licor le quemó la garganta. Lo bajó con un sorbo de café. Siguió leyendo. Recordó que los poetas eran bohemios. "No creo que Neruda sea la excepción", pensó mientras miraba discretamente el movimiento de personas que entraban y salían de la panadería con distintos fines. Un joven entró y le entregó discretamente un pedacito de papel bien doblado a don Armadio. Éste lo cogió y sin leerlo lo echó al bolsillo de la camisa blanca, siguiendo con su labor como si nada ocurriera.

No pasó mucho tiempo cuando don Armadio se apareció con una nueva copa de aguardiente. Juan se sorprendió. "No más", dijo poniéndose en pie. Los bohemios rieron casi en coro. "Es una cortesía, acéptela", dijo don Armadio con buenos modales. "Mi padre decía – pensó Juan – que no hay más peligroso que despreciar a un borrachito", entonces tomó la copa y se la sentó con fuerza como la primera vez. Había dejado de lloviznar y un sol pálido aparecía entre nubarrones.

Juan comenzó a tranquilizarse. Se encogió de hombros y pidió otro tinto. Quiso enviar una tanda a esos desconocidos pero calculó que el dinero no le alcanzaba. Siguió leyendo mientras esperaba la hora precisa para partir. Armadio llegó con una tercera copa repleta de licor y una propuesta que en realidad era una orden: "Los amigos lo invitan a su mesa". Juan reaccionó. "No es posible – dijo – ellos están tomando y yo listo a salir a trabajar". No terminó la frase cuando uno de ellos, joven para más señas, se incorporó fue hasta la mesa de Juan y extendiéndole la mano lo invitó a su mesa. "Vamos con toda la confianza", dijo. Juan no tuvo escapatoria. Apretó los labios en gesto de decisión y caminó despacio sosteniendo el libro en una mano y en la otra la copa de aguardiente.

Aquellas miradas ebrias y trasnochadas lo desnudaron en cuestión de segundos. "Siéntese y nos acompaña", dijo uno de ellos. "La verdad no tomo – dijo Juan nervioso – voy a trabajar en la Fila". Uno a uno se fue presentando: El primero en hacerlo fue el que fue hasta su mesita. Era el más joven de todos: "Soy profesor", dijo. "Soy el inspector municipal de policía", dijo el segundo en presentarse. Era obeso, boso exaltado y mirada vidriosa. "Soy el juez promiscuo municipal", dijo el tercero. Era joven, alto y de buen humor. "Soy el secretario del juzgado", dijo el cuarto. Era bajito, barrigón y coloreto. Armadio disimulaba no estar interesado en la conversación y se movía como pez en el agua atendiendo la clientela.

Juan miraba a sus inoportunos contertulios con angustia, pensaba cómo zafarse de ellos, pero por el momento era imposible. Estaba atrapado en el laberinto sin posibilidad alguna de escaparse de buenas a primeras. Recordó la golpiza que el ternero le propinó cuando era niño en la finca La Esperanza. Eran las cinco de la tarde, su padre le había dicho a él y a su hermanito menor, que entraran porque iba a traer el ternero bravo. No hicieron caso. "Cuando asome arriba, nos entramos", le dijo a su hermanito. El animal los cogió de sorpresa y de dos cornadas descargó a su hermanito en el corredor. A salvo corrió a la cocina. Entonces el animal se volvió contra Juan golpeándolo una y otra vez. "Yo – recordaría después – apenas hacía sino encogerme y cerrar los ojos". Lo manejó como un balón de fútbol hasta cuando llegó su padre, atravesándole dos garrotazos en la ternilla. Juan duró varios días en cama, molido por los golpes.

"Ahora, le toca a usted presentarse", dijo el juez promiscuo municipal. Juan se estremeció y asentándose otro aguardiente, se presentó. Dijo la verdad y nada más que la verdad. Todos se miraron entre sí y rieron a carcajadas. "Invéntesela mejor", dijo uno de ellos. "¿Quién le va a creer a usted que es un simple labriego recolector de café?", dijo seco el juez. Juan buscó protección en el espaldar de la silla plástica color blanco. "Es la verdad", insistió. "Voy a trabajar en la finca de don Humberto", argumentó mirando el papelito donde tenía anotado el nombre y la dirección.

El juez sin perder la calma bajó la voz y acercándose a Juan, le dijo casi que al oído: "Dinos la verdad, todos somos autoridad acá no hay problemas". Juan enmudeció. Un frío tétrico recorrió el espinazo de extremo a extremo. La música mejicana en cabeza de Antonio Aguilar inundaba la panadería. "¿Quién es usted?", volvió a preguntar el profesor. Juan insistió en la respuesta inicial, realmente no tenía otra. El ambiente se fue tornando áspero. Juan buscaba la oportunidad de escabullirse pero no la hallaba por ninguna parte. El secretario del juzgado fue directo y contundente. Sorprendió a Juan con una seguidilla de preguntas. Una tras de otra como una tempestad borrascosa: "¿Es usted agente del Estado?" "¿Es usted paramilitar?" "¿Es usted guerrillero?" "¿Quién diablos es usted?".

Atónico, descompuesto por el pánico Juan se puso en pie y quiso salir corriendo. Esa fue su primera intención. Pero no pudo, estaba prácticamente petrificado. Apretando su libro contra su pecho insistió en su primera versión. "Dinos la verdad, todo quedará entre nosotros, la autoridad trabaja con todos", dijo el juez empujando un aguardiente. Ante la versión inmodificable de Juan el inspector municipal de policía reaccionó violento y amenazante. "Tiene plazo mediodía para que desocupe el municipio, de lo contrario, será aprehendido por sospecha". Todos se solidarizaron con el inspector y en coro repitieron la amenaza. "Solo vengo a trabajar, señores", dijo Juan con enfado. "Échele ese cuento al más pendejo", dijeron en coro. Juan se incorporó y pagando los dos tintos preguntó nuevamente a qué horas salía el jeep para la Fila. "A las ocho en punto", dijo don Armadio al momento de darle los vueltos.

Juan giró sobre sus pasos y se encaminó al hostal. Caminó lento, ensimismado, mirando sin ver el ajetreo de los transeúntes. Se paró en el marco del hotelucho y volviendo la mirada se percató que los borrachitos lo observaban parados en el marco de la panadería. "Me gané la lotería sin comprar el billete", dijo para sus adentros. Entró despacio y sacó la maleta y el maletín, guardando en este último el libro de poesía. Estiró la mano para despedirse de las dos veteranas y encaminándose a la puerta fue sorprendido por una de las venerables ancianas. Su voz melódica interrumpió las meditaciones cenagosas de Juan. Giró y regresando al mostrador, descargó la maleta y el maletín sobre él. "¿A la orden?", dijo. Las ancianitas lo miraron con ternura infinita. En ellas vio el rostro de su mamá, también el rostro inmaculado de la Virgen María, tal como su madre se la imaginaba. "Joven – dijo una de ellas – usted es una persona sana, corre peligro si  va a la vereda La Fila. Es mejor que salga del municipio rápidamente". Juan palideció. "Vengo a trabajar", dijo. "Es cierto – agregó la anciana meditabunda – pero al ser forastero el ejército puede decir que es guerrillero y la guerrilla que es militar. Si se salva de uno no se salva del otro. Es la cruda realidad", subrayó con énfasis.  

Juan no puso en duda la explicación de la anciana. Su sinceridad no admitía duda de ninguna naturaleza. El balcón del oriente era un infierno y Juan lo ignoraba de cabo a rabo. "¿La guerrilla es mala?", preguntó sin tomar conciencia de lo que preguntaba. Las ancianas se miraron entre sí. No pudieron disimular su incapacidad para dar una respuesta correcta o por lo menos aproximada. "Para el adinerado es mala, para el pobre es buena", contestó una de ellas. Apretando los labios repleto de arrugas la anciana que lideraba la conversación, dijo con claridad diáfana: "Solo es un consejo, usted lo toma o lo deja".

Descompuesto por la incertidumbre Juan abandonó el hotelucho. El Jeep destartalado ya estaba estacionado. Poco a poco los pasajeros lo iban abordando. El chofer – un hombre joven y rudo – subía bultos en costales de fique y de fibra. Era sonriente. Tenía en el hombro derecho una bayetilla  roja sucia. Con ella se quitaba el sudor. Los borrachitos estaban pendientes del movimiento de Juan. Al parecer se les había convertido en una obsesión o capricho de borracho. Los consejos de las ancianas le daban vueltas en su cerebro. Recordó a su progenitora. Ella solía decir que el sexto sentido existía y que era exclusividad de la mujer. "Cuando la sociedad machista sea derrotada, este sexto sentido, el sentido de la intuición, hará grande a la humanidad", solía decir tímidamente en reuniones de dos y hasta tres personas.

Atolondrado buscó en el maletín la pequeña agenda. Una vez la encontró, buscó despacio hasta encontrar el número telefónico de su amigo que laboraba en la gobernación. Se encaminó a la telegrafía que quedaba a media cuadra del hotelucho. La telegrafista era alta y esbelta. Tenía gafas y cabellera larga azabache. Cejas espesas bien delineadas y pómulos salientes. Vestía traje suave propio para la ocasión. "A la orden", dijo dejando escapar una risita. "Por favor marcarme este número", dijo Juan mirando discretamente el escote de la hermosa mujer.

No era fácil la comunicación. Sin embargo, la tenaz persistencia de la operadora hizo el milagro. "Pase a la cabina tres", dijo. Juan levantó nervioso el auricular y escuchó la voz grave de su amigo Edgar. El saludo fue corto y el mensaje concreto: "Salga inmediatamente de allá", dijo. "Ese municipio es zona roja, huevón". Juan no sabía que quería decir zona roja, pero por el acento de la voz lo hizo reaccionar con más fuerza aún. Por fin entendió que estaba sobre un polvorín. "Llegue a mi oficina que queda en el séptimo piso", dijo y colgó. Juan quedó algunos segundos con el auricular en la mano. Sentía que flotaba. Miró a través del vidrio y uno de los borrachitos estaba en el centro del parque ojeándolo. Pagó y salió a la calle. Cerca estaba la agencia de transportes. Se encaminó. Cruzó la distancia a zancadas. Fue directo a la taquilla, la cual era atendida por una mujer otoñal con semblante de putona. "¿Para dónde?", preguntó mostrando el escote con lascivia. "Para la capital, señorita", repuso Juan nervioso. "¿Señorita? Ni porque fuera la más fea", dijo la taquillera. Juan no supo contestar. Se acomodó en el pequeño asiento y esperó la hora de partir. Eran las once de la mañana, de un sol pálido. Sin embargo, el bochorno era intenso. Compró una botella de agua y sacando el libro leyó poesía. El bus era un carro largo de variados colores. Lo manejaba un cuarentón, calvo y de gestos lentos. Tenía gafas gruesas. Una vez lo estacionó Juan lo abordó. Quería salir cuanto antes. Un cuarto de hora después comenzó a recorrer la distancia. Descendió sin prisa, pero sin pausa, superando las curvas con precisión. Sonrió para sí mismo y respirando profundo se apretujó en su silla. El viaje fue normal, la capital le depararía otros sinsabores. Por ahora era feliz. Entonces recordó la frase de Pablo Neruda: "Confieso que he vivido".

Fin

Por Gabriel García Márquez


A medida que pasa el tiempo y retorna la tranquilidad a la isla de Granada, va quedando claro que la invasión por tropas norteamericanas no fue tanto una operación militar como una maniobra enorme de manipulación informativa. Para empezar, el balance de víctimas no corresponde al escándalo : 18 norteamericanos muertos y 91 heridos- muchos de ellos en incidentes y accidentes confusos, y no en combates- y un número nunca establecido de granadinos muertos, 20 de ellos en el curso de un bombardeo a un hospital de enfermos mentales.

Este último episodio es el más oscuro de todos. Según se dijo al principio, el lugar había sido bombardeado con cohetes aéreos porque dos cubanos resistían desde el interior. Sin embargo, una versión de la Prensa norteamericana dice ahora que el bombardeo se debió a que el hospital estaba a sólo 150 metros de Fort Frederik, y éste era defendido con ahínco por los últimos soldados del ejercito granadino. El hospital- dice la versión- no tenía ninguna señal que permitiera identificarlo. Más aún : la periodista colombiana Laura Restrepo, enviada por la revista Semana con los primeros periodista que entraron en la isla, se sorprendió de que en aquel sanatorio para enfermos mentales – contra el esplendor de su nombre- no fuera más que un grupo de chozas de paja. La revista Time , por su parte, le reprocha al Pentágono que no hubiese dicho nada de esa matanza- accidental o no- mientras no fue denunciada por una periodista canadiense. El Pentágono se defendió diciendo que cuando los infantes de Marina ocuparon el hospital los muertos habían sido ya sepultados, y no encontraron ninguna razón para sospechar que el bombardeo de los días precedentes hubiera causado alguna víctima. Pero quienquiera que haya estudiado con cierto cuidado las informaciones de Granada, sobretodo en los primeros días, debe tener motivos para creer que el silencio del Pentágono en relación con los muertos del hospital psiquiátrico pudo no haber sido casual

En realidad, toda la información de los primeros días- manejada de un modo exclusivo por el Gobierno de Estados Unidos, y casi siempre por el presidente Reagan en persona- ha empezado a desmoronarse. Ahora se entiende cómo fue posible que más de 6.000 hombres de Estados Unidos, bien entrenados y con todos los recursos de la guerra moderna, no hubieran podido someter en dos semanas a uno de los ejércitos más reducidos y pobres del mundo, en una isla de 111.000 habitantes desmoralizados que no tenían ni modo ni ganas de resistir. La explicación es simple: no hubo tal resistencia.

En primer término porque los granadinos, aún no repuestos del asesinato de su líder más querido- Maurice Bishop-, no debieron ver a los infantes de Marina como sus enemigos, sino al contrario, como los enemigos de sus enemigos.

En segundo término, porque los asesinos de Bishop, repudiados por su pueblo y por la mayoría de su Ejército, se metieron debajo de la cama a los primeros tiros. En efecto, parece ser que Bernard Coard- el vice primer ministro de Bishop que lo derribó a traición-se había escondido con su esposa después de abandonar el poder que había usurpado pocos días antes. Por su parte, el general Hudson Austin- responsable inmediato de la muerte de Bishop- abandonó el Ejército a su suerte, y al parecer andaba ofreciendo hasta 3.500 dólares a quién le hiciera el favor de llevarlo en una lancha a Guayana. Los focos de resistencia que quedaron después de la desbandada podían ser reducidos en pocas horas por unas fuerzas de desembarco preparadas para operaciones much más gloriosas.

La verdad parece ser que el Gobierno de Reagan necesitaba inventar aquella resistencia para justificar la invasión con el supuesto de la militarización masiva de la isla por los cubanos y los soviéticos. Durante más de una semana, las tropas de ocupación se movieron a sus anchas por la isla, sin que ningún periodista de ningún país pudiera entrar para contradecir las versiones oficiales del Gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, fuera de todo control, aun este último no hizo más que contradecirse a sí mismo.

La primera contradicción enorme fue el motivo de la invasión. De acuerdo con un comunicado oficial, el desembarco tenía como único objetivo proteger la vida de unos 600 estudiantes norteamericanos que estudiaban en la muy prestigiosa facultad de Medicina de Granada. Sin embargo, hasta ahora no se ha demostrado que estuvieran en peligro y, en cambio, si es probable que estuvieran contentos en el lugar. Nada les había impedido abandonarlo por su propia voluntad, y los pocos que hicieron la payasada de besar tierra norteamericana cuando volvieron a ella- como suelen hacerlo los papas de ahora donde quiera que llegan- parecían olvidarse de que para lograrlo no era necesario la intervención brutal de 6.000 hombres armados como para una guerra mundial. Sin embargo, el presidente Reagan también olvidó demasiado pronto su pretexto original y no tuvo inconveniente en decir que el desembarco había sido necesario porque Granada se había convertido en una fortaleza militar del comunismo internacional. Lo triste es que las supuestas pruebas de esa afirmación-anunciada a grandes voces por el Gobierno de Estados Unidos- no han logrado convencer sino a los ya convencidos, algunos de ellos, por cierto, muy respetables por motivos distintos.

El cuento de la ocupación cubana fue tal vez el menos consistente. Los primeros periodistas extranjeros que llegaron a Granada no pudieron disimular su desilusión frente al aeropuerto que estaban construyendo los técnicos y obreros de Cuba. El Gobierno de Estados Unidos había hecho creer que era un aeropuerto construido para las naves de guerra soviéticas y no para aviones comerciales que llevaran turistas pacíficos, inclusive norteamericanos, que son los más fructíferos. El argumento se fundaba que la pista iba a tener 3.000 metros de larga, y esta cifra parecía impresionante para quienes no saben que cualquier aeropuerto moderno donde operan los grandes aviones civiles debe tener esas medidas, sobre todo si se prevé un desarrollo futuro de su capacidad. La misma revista Time , con una pretensión de objetividad, hace esta consideración retorcida : "Es verdad que la nueva pista no está construida con las estructuras de protección y los equipos de apoyo que son usuales en los aeropuertos militares, pero podría ser usada por aviones militares pesados como punto de abastecimiento para los cubanos en ruta hacia el Africa, o para los soviéticos que transporten armas hacia America Central". Es decir como cualquier aeropuerto común y corriente.

Lo más confuso de todo fue el manejo que hizo el Gobierno de Estados Unidos de la información sobre los cubanos en Granada. Desde el principio se dijo que eran unos 600 hombres, entre obreros del aeropuerto, maestros, médicos y asistentes militares. Estos últimos- según el supuesto documento revelado por la Secretaría de Estado de estados Unidos- eran sólo 27 con carácter permanente y unos 12 eventuales. Se ha dicho, sin embargo, que debía haber muchos más que se hacían pasar por trabajadores civiles, porque todos demostraban tener un buen entrenamiento militar. Hasta los mismos que lo dijeron sabían, sin duda, que todo cubano mayor de 14 años, hombre, mujer o niño, tiene la suficiente formación militar para defender a su país en caso de una invasión extranjera. Las llamadas tropas territoriales, que son milicias civiles, cuentan en la actualidad con 500.000 hombres y mujeres y está previsto que en breve serán el doble.

En todo caso, al principio de la invasión Estados Unidos dijo que los 600 cubanos habían caído prisioneros sin resistir. Después- cuando Cuba pidió su repatriación- se dijo que la mayoría estaba resistiendo en las colinas. Por último sin ninguna explicación, aparecieron 27 muertos, 57 heridos y el resto en un campamento de prisioneros donde sólo se permitió el ingreso a dos periodistas: un reportero y un camarógrafo dominicanos, que trataron de convencer a algunos prisioneros, con toda clase de promesas, para que se asilaran en Estados Unidos y confirmaran una versión que estos tenían preparada sobre las actividades de Cuba en la isla. Eran, por supuesto, agentes de la CIA, que se llevaron la sorpresa de no encontrar a ningún cubano dispuesto a vender su alma al diablo. De haberlo encontrado, la vasta operación de manipulación informativa habría culminado con un acto espectacular. Por no haber sido asi, la triste invasión a Granada pasará como uno de los capítulos menos honorables de la historia de Estados Unidos

Querido Nicolás:

Me uno a la opinión unánime de los que te han felicitado por tu brillante y valiente discurso la noche del 6 de diciembre, apenas se conoció el veredicto de las urnas.

En la historia del mundo, el más alto nivel de gloria política que podía alcanzar un revolucionario correspondió al ilustre combatiente venezolano y Libertador de América, Simón Bolívar, cuyo nombre no pertenece ya solo a ese hermano país, sino a todos los pueblos de América Latina.

Otro oficial venezolano de pura estirpe, Hugo Chávez, lo comprendió, admiró y luchó por sus ideas hasta el último minuto de su vida. Desde niño, cuando asistía a la escuela primaria, en la patria donde los herederos pobres de Bolívar tenían también que trabajar para ayudar al sustento familiar, desarrolló el espíritu en que se forjó el Libertador de América.

Los millones de niños y jóvenes que hoy asisten a la mayor y más moderna cadena de escuelas públicas en el mundo son los de Venezuela. Otro tanto puede decirse de su red de centros de asistencia médica y atención a la salud de un pueblo valiente, pero empobrecido a causa de siglos de saqueo por parte de la metrópoli española, y más tarde por las grandes transnacionales que extrajeron de sus entrañas, durante más de cien años, lo mejor del inmenso caudal de petróleo con que la naturaleza dotó a ese país.

La historia debe dejar también constancia de que los trabajadores existen y son los que hacen posible el disfrute de los alimentos más nutritivos, las medicinas, la educación, la seguridad, la vivienda y la solidaridad del mundo. Pueden también, si lo desean, preguntarle a la oligarquía: ¿saben todo eso?

Los revolucionarios cubanos —a pocas millas de Estados Unidos, que siempre soñó con apoderarse de Cuba para convertirla en un híbrido de casino con prostíbulo, como modo de vida para los hijos de José Martí— no renunciarán jamás a su plena independencia y al respeto total de su dignidad. Estoy seguro de que solo con la paz para todos los pueblos de la Tierra y el derecho a convertir en propiedad común los recursos naturales del planeta, así como las ciencias y tecnologías creadas por el ser humano para beneficio de todos sus habitantes, se podrá preservar la vida humana en la Tierra. Si la humanidad prosigue su camino por los senderos de la explotación y continúa el saqueo de sus recursos por las transnacionales y los bancos imperialistas, los representantes de los Estados que se reunieron en París, sacarán las conclusiones pertinentes.

La seguridad no existe hoy ya para nadie. Son nueve los Estados que cuentan con armas nucleares, uno de ellos, Estados Unidos, lanzó dos bombas que mataron a cientos de miles de personas en solo tres días, y causaron daños físicos y psíquicos a millones de personas indefensas.

La República Popular China y Rusia conocen mucho mejor que Estados Unidos los problemas del mundo, porque tuvieron que soportar las terribles guerras que les impuso el egoísmo ciego del fascismo. No albergo dudas que por su tradición histórica y su propia experiencia revolucionaria harán el máximo esfuerzo por evitar una guerra y contribuir al desarrollo pacífico de Venezuela, América Latina, Asia y África.

Fraternalmente,
Firma Fidel Castro Ruz
Fidel Castro Ruz
Diciembre 10 de 2015
6 y 42 p.m.

La victoria y la derrota

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Yvke Mundial/José Vicente Rangel
 

1.- No puedo analizar lo ocurrido el pasado domingo 6 en las elecciones parlamentarias, lo de fondo, en esta nota. Se trata de un hecho que trasciende el cometido específico de la jornada comicial, y de allí su complejidad. En este primer enfoque plasmaré, por supuesto, mi observación inicial dado el requerimiento de cumplir con el compromiso de escribir esta columna que, por razones obvias, diferí para esta fecha.

2.- Ante todo quiero destacar el comportamiento cívico del pueblo venezolano, su participación masiva y civilizada, especialmente si se toma en cuenta la extrema polarización que existe en el país. Cuando los pronósticos apuntaban a la violencia, la afluencia de los electores fue increíblemente pacífica. Muy pocos fueron los episodios en los que los ánimos se desbordaron. El resultado que arrojaron las urnas electores responde a muchos factores. Ni siquiera los vencedores -la MUD como emblema-, imaginaron una ventaja tan holgada sobre el adversario. Este aspecto obliga a la profundización de los análisis ya que si bien es cierto que influyó en el éxito de la oposición el dato económico, escasez, desabastecimiento, hiperinflación, no es menos cierto que también influyeron otros factores que conviene esclarecer con rigor, ejemplo, corrupción, fallas de los equipos de gobierno, políticas desacertadas y contradictorias, rechazo a consensuar y arrogancia de muchos funcionarios.

3.-  Sin duda que la oposición realizó un trabajo inteligente cabalgando sobre problemas concretos que exacerbaban a la colectividad, como las colas y el difícil acceso a productos de primera necesidad. En apariencia estuvo desaparecida del escenario público, lo cual le facilitó el trabajo silencioso que realizaba y fue capaz de construir la unidad exhibiendo tolerancia con los que mantenían posiciones discrepantes internamente.

4.- En el marco de la derrota el chavismo, en circunstancias muy adversas por la insoportable carga de la situación económica, alcanzó un 42% de votos. Un voto duro, blindado, que constituye una reserva importante para asumir la política que se planteará a partir de ahora. El presidente Maduro mostró su calidad de dirigente y de luchador social, al asumir con entereza el resultado adverso. A diferencia de la caricatura que de él hicieron la oposición y los factores que jugaron papel clave en el exterior, en el sentido de que es un dictador y de que no reconocería una derrota, actuó de inmediato, tan pronto el CNE anunció el primer resultado, y llevó la tranquilidad a los venezolanos al aceptar el veredicto de las urnas sin reservas de ningún tipo. Es decir, que actuó con la honradez republicana que nunca mostró la oposición cuando en 19 procesos electorales siempre cantó fraude ante los triunfos del chavismo.

5.- En concreto, y por ahora, hay que decir que se abre una etapa de relanzamiento de nuevas políticas, de rectificaciones, de profundización de logros, de ejercicio humilde del liderazgo y de apertura de canales para el diálogo. A los que triunfaron el 6D que sepan administrar la victoria, que es la parte más difícil de ésta; y para los derrotados, que en política nunca hay derrotas definitivas y lo que cuenta es la perseverancia. Más adelante trataré otros aspectos relacionados con el tema.

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“Venezuela tarde o temprano será un mercado muy interesante para Colombia”

En su perorata en la entrega de los Premios Portafolio a los “exitosos” empresarios colombianos, realizada el pasado 3 de diciembre (2015), Juan Manuel Santos, presidente de la oligarquía colombiana,  se refirió como de costumbre, despreciativamente hacia la república Bolivariana de Venezuela y haciéndose eco de la campaña imperial contra el proceso bolivariano, pareció estar anunciado un golpe en Venezuela.

Santos dijo: “El entorno regional es un entorno complejo, tenemos que manejar eso también con mucha inteligencia, con mucha prudencia y mirando siempre un poco más allá de la coyuntura. Eso es algo que todos debemos que hacer, inclusive en países como Venezuela nadie hoy da cinco centavos por sus exportaciones a Venezuela, pero Venezuela tarde o temprano será un mercado muy interesante para Colombia”.

Y continuo: “Yo les digo a mis amigos exportadores: véanlo como un potencial enorme, no vayan a poner sus huevos en esa canasta en este momento pero sí no descuiden ese mercado porque el día de mañana será un mercado muy importante”.

Las declaraciones de Santos se dan en el marco de una gran campaña de desprestigio contra el proceso bolivariano de Venezuela, auspiciada por el imperio y sus lacayos, que aprovechando que este domingo 6 de diciembre se realizaran elecciones en ese país, buscan dar un golpe de mano para derrocar el procesos bolivariano.

¿Que predijo Juan Manuel Santos?, o comenzó a bailar antes de que llegue la orquesta.